—Capítulo dedicado a
mi amiga Andrea, o como muchos la conoceréis, @horxnftirwin solo por ser quien
es, y por dedicar su valioso tiempo a leerme y a comentar en cada capítulo.
Gracias por no abandonarme. —
‘Creer. Saber. Dos palabras muy distintas. Dos palabras que pueden
cambiar tu vida de un modo inimaginable. Pueden destruirte; o simplemente,
pueden llevarte a la charnela de tu vida. Nunca sabes de verdad a cual de las
dos te refieres, y tampoco sabes si de verdad conoces el significado de cada
una. Pero, lo que si sabes, es que elijas la que elijas, si eres como yo y no
sabes quien eres, caerás al suelo. Puede que entonces averigües que era en
realidad, dímelo, yo aún sigo esperando a alguien’— Alba Gómez Carmona
Momentos de tu vida en los que te das cuenta de que lo que
te rodea, simplemente no lo mereces. Estar en un precioso lugar, rodeada de
gente que jamás hubieses pensado conocer —por el simple hecho de que no sabías
de su existencia—, te acompañan y te invitan a comer. Planeas durante años una
vida preciosa, con un príncipe azul, rodeada de murallas en tu propio castillo;
pero luego te das cuenta de que las
murallas son las que rodean tu corazón. Que ese casillo de piedra pulida, es tu
corazón, y que en la torre más alta de ese lugar, donde debería estar la
preciosa princesa de larga melena ondulada y precioso vestido de color pálido,
es simplemente una joven desaliñada por culpa del tiempo y de la falta de
presencia en tu vida llamada Orgullo.
Suena irónico que ahora piense en todo esto teniendo en
cuenta de que me encontraba en el lugar, junto a cuatro jóvenes con los que
muchas querrían estar. Puede que después de esto muchas chicas empiecen a
estudiar una carrera de audiovisuales, como le pasó a la princesa de mi país.
Leticia. Una joven periodista convertida en la princesa de España. Después de
eso, la carrera de periodismo fue muy solicitada. ¿Quién pude negar que eso no
pase ahora con mi propia carrera? Una carrera que ni siquiera había finalizado.
Puede que digáis ‘Alba, deja de hablarnos de estas tonterías y explica las
cosas de verdad, no gastes nuestro tiempo’.
Quizás a vosotros os gustaría saber quien es el misterioso
‘Davon’, pero ¿si algo malo hubiese pasado en tu vida y no quisieses
recordarlo? Si esa persona os hubiese roto, humillado, y casi matado, ¿os
gustaría recordarle? La herida que creía casi cerrada, se había abierto, con el
simple hecho de recordar su nombre y lo que me hizo. Aunque a veces pienso que
la culpa no era suya. No intento quitarle culpa ni mucho menos, pero pienso que
si de verdad me hubiese importado yo misma lo mismo que me importaba él, nada
en mi vida hubiese pasado. Nada malo quiero decir, el resto me da igual. Lo
bueno al lado de lo malo no tiene comparación, siempre acaba perdiendo lo bueno
y lo bonito en mi vida.
Dicen que para que la mente se recupere de lo malo del
pasado, hay que recordarlo hasta que no duela. Y, desde que salí de la clínica,
no he vuelto a pensar en ella. Para que conste, salí de aquel lugar frío,
blanco y esterilizado cuando tenía 17, casi 18 años. Podría decirse que hace 2
años más o menos. En fin, los demás están a lo suyo, supongo que tengo veinte
minutos al menos para mi sola... Supongo que recordar veinte años de vida en
media hora es fácil, ¿no?
Bien, ¿por dónde empezar? Supongo que diréis desde el
principio, pero, ¿desde que principio? ¿Desde el principio desde mi desgracia o
desde el principio de mi vida? Bueno, empezaré desde la cesárea.
Nací un 4 de julio de 1993, digamos que sobre las doce menos
veinte de la noche. Os comento que una hora aproximadamente antes, mi madre me
estaba deformando a cabeza. Ella no dilataba y yo ya quería separarme de ella.
¿Buen inicio de relación, no? En fin, supongo que crecí feliz. No recuerdo en
realidad que eran mis padres; supongo que les podría considerar personas,
aunque a veces ni eso. Si recuerdo que mi abuela —o yaya, como yo la llamaba—
era ama de casa, dedicada por años a sus hijos y a su marido, mi abuelo. Mi
ejemplo, mi modelo a seguir. El hombre que me enseñó a respetar, a quererme y a
querer a los que me rodean. Le amaba con locura, por enseñarme, me enseñó técnicas
básicas de primeros auxilio. Diréis, ‘¿Qué hace una niña de diez años sabiendo
primeros auxilios?’, bueno pues no por nada en especial, pero él era médico y
quería que yo lo fuese. Y yo quería.
No fui una niña muy querida por mis compañeros. Creo que fue
por que durante llevé el pelo corto como un chico, no tan exagerado, un poco
largo; creo que fue entonces cuando empecé a odiar a mis padres, solo un poco.
Aunque también podía ser porque yo era algo borde. No lo sé. Cuando acabé
cuarto de primaria en mi primer colegio, mi maravillosa madre —que buscaba una
hija perfecta con grandes estudios— decidió cambiarme a un horrible colegio
privado cerca de donde yo vivía. La gente que allí estudiaba no merecía la
pena, todos pensaban ser superiores por el simple hecho de que sus padres, o
madres, o su familia poseían empresas o cargos importantes en importantes
lugares. Se creían con derecho a pisotearte, y lo hacían. En ese colegio
supongo que sufrías las ‘míticas-novatadas-universitarias’, pero a menor
escala.
Allí conocí lo que era una verdadera amistad. Conocí gente
que de verdad merecía la pena; gente en distintos cursos al mío y gente,
sorprendentemente, en mi propio curso. Desde entonces hasta dos años después
todo fue más o menos bien. Llegamos a lo interesante de mi vida. Lo que rompió
todo. No sé si pensaréis que es duro lo que viene de aquí en adelante así que
para que caigáis sobre blando os cuento un chiste antes, para liberar tensiones
más que nada.
‘¿Qué se pone Superman
cuando sale de la ducha? Súper-fume’
Digáis lo que digáis tiene gracia. Bueno, ya estáis
preparados.
El verano que transcurría entre primero de la ESO y segundo
de la ESO mis padres, mis abuelos y yo decidimos hacer nuestro típico viaje en
coche por el Norte de España. La única diferencia es que este año teníamos
reservados los hoteles con antelación —a diferencia de otros años que íbamos a
la aventura—. Nunca olvidaré esas vacaciones. Estuvieron bien. Visité lugares
que ya conocía, pero eran preciosos de todos modos, e incluso, volvería a ir.
El caso es que cuando ya después de diez días de vacaciones bajábamos desde
Asturias hasta Madrid en coche, tuvimos un pequeño-gran percance con el coche.
Yo estaba leyendo, un buen libro por cierto, aun lo conservo
conmigo. Solo oí el fuerte chirrido de las ruedas, giré la cabeza por la
pequeña ventana tintada y fue lo peor que pude hacer. No os lo podéis imaginar,
pero lo describiré los mejor que pueda para que os sintáis como si estuvieseis
sentados a mi derecha en el automóvil.
Un golpe muy fuerte. Fortísimo. Ese coche chocó justamente
en el lado por donde se rellena la gasolina de un coche, lugar donde yo estaba
sentada. Mi lado izquierdo que estaba junto a una de las paredes del
monovolumen de siete plazas se curvó hacia adentro y chocó con mi cuerpo. Ese
jodido impacto fue tan fuerte levantó el coche de sus cuatro ruedas y lo
posicionó tan solo sobre dos de ellas, las del lateral derecho. No sé si habréis
estudiado alguna vez física, pero la gravedad actúa desde la distancia y actuó
en mi contra. Un pequeño terraplén se encontraba al otro lado del coche. Tan
solo unos metros de caída en cuesta, no muy pronunciada.
Todo a mi alrededor se movía, nada tenía sentido y en ese
momento la teoría de Einstein se fue al traste por completo. Dolor y angustia.
No parpadeé, solo vi todo moverse lentamente sin ningún orden. No os podéis
imaginar lo que es sentir el dolor de los puntiagudos y duros cristales que se
clavaban en mi cara, pero, sonará loco pero yo no sentía ese dolor. Sentía un
dolor en mi interior de saber que lo que estaba ocurriendo era real. Veía la
sangre, veía la tierra, veía la tristeza llegar, veía la esperanza marcharse.
Podía oler el miedo en el ambiente. Podía oler la sangre. Todo esto en tan solo
unas milésimas de segundo. Todo continuaba. Era una enorme lavadora llena de
esta horrible mierda. Es cierto, siempre lo compararé con una lavadora en modo
centrifugado. Hasta el chirriante sonido era igual, era como arañar una pizarra
con las uñas o arrastrar una silla por el suelo. Era todo muy doloroso.
¿No sentís esa presión en el pecho? ¿No la habéis sentido
nunca de verdad? Yo deje de sentirla cuando una dura caja con herramientas de mecánico
dentro de ella que mi padre siempre llevaba en el coche chocó contra mi sien.
Me dormí. Cerré los ojos durante unos instantes, creo que fueron unos minutos.
Los minutos más largos de mi vida. Solo oía a mi abuela preguntar si estábamos
todos bien. Oí a todos responder pero, algo me impedía contestar. Yo quería
pero no podía y, entonces la angustia volvió a mí con más fuerza. Empezaron a
gritar mi nombre; mi padre, desde el asiento del conductor; mi abuela, desde el
lugar que ocupa el copiloto; mi madre y mi abuelo susurraron con urgencia en su
voz mi nombre desde los asientos que se encontraban tras los de mi padre y mi
abuela. Y yo, desde unos asientos que salían del maletero, vivía la escena en
un tercer plano.
Voces de gente gritaban por nosotros, y mi madre pedía a
gritos ‘¡Qué saquen a la niña por Dios!’. Una lágrima se arrojó contra mi
mejilla al darme cuenta del hecho de que no podía tranquilizar a nadie con unas
palabras como siempre solía hacer cuando las cosas se ponían difíciles. Me
arrastraron unas fuertes manos fuera del coche mientras una lágrima más de pura
impotencia caía de mi ojo y se arrojaba al suelo en un cutre intento de
alejarse de mí cuanto antes. Esas lágrimas fueron las más inteligentes de
todas.
Cierto es que recuerdo más de todo aquello. Mucho más pero,
me gustaría pasar ya a lo que me destruyó por completo. Cuando abrí mis ojos y
miré al techo estaba en un lugar que se movía mucho. Una ambulancia.
Paramédicos me rodeaban y vi a mi madre en uno de los sofás. La miré buscando
una sonrisa esperanzadora, pero ella me apartó la mirada bruscamente. ¿Qué
hacer entonces? ¿Llorar? ¿Desaparecer? ¿O simplemente dormir por siempre? Cerré
mis ojos.
Los abrí de nuevo. Estaba en una habitación blanca,
esterilizada y solo buscaba salir de allí cuanto antes. Pero, ¿quién me iba a
decir a mí que un lugar como ese iba a ser mi hogar durante mucho tiempo?
Nadie. Porque aprendí que nadie sabe nada. Me di cuenta de que por mucho que
los padres digan que la experiencia que la vida les había dado era mucho mayor
que la mía, no sabían nada.
Un fuerte pitido me hizo girar la cabeza sobre el frío
colchón sin almohada en el que estaba. Vi a mi abuelo con los ojos cerrados y
al instante caí en la cuenta de que el sonido procedía del aparato al que
estaba conectado mi abuelo, mi apoyo. Unos médicos y enfermeras hicieron acto
de presencia en la habitación 101 del hospital. Cerraron la cortina y yo solo
pude gritar su nombre.
Tres días pasaron desde entonces y lo único que hice fue
llorar en frente de un enorme agujero en el suelo con una losa de mármol blanco
pulido a la cabeza de este que coreaba en pulcra letra el nombre que tan solo
tres días atrás yo había utilizado en un momento de debilidad. Adiós abuelo.
Depresión. Odio.
Tristeza. Sangre. Tabaco. Cuchillas. Lágrimas. Soledad. Alcohol. Asco.
Las diez palabras que describen mi vida desde la
desaparición de mi abuelo hasta un año después más o menos. Nunca olvidaré ese 15 de
agosto de 2007 a las 13:31 del mediodía. Nunca. Me daba asco a mi
misma. Cursé segundo de la ESO sola, no quería a nadie cerca de mi. Sufría
ansiedad y fumaba y bebía para ahogar mis penas. Comencé a cortarme para
oprimir el dolor de dentro de mi, pero llegó un momento en que me di cuenta que
el dolor que la cuchilla de un sacapuntas hacia en mi piel ya no era igual, ya
no dolía como antes. Ya no era suficiente para mí.
Mis padres decidieron ignorarme. Sinceramente, yo también me
ignoraba a mi misma; así mi relación conmigo misma era más fácil… o eso creía
yo. La cosa es que me dediqué a no aparecer por las clases, si, tenía unos 14
años pero ya supongo que me valía por mi misma o solamente no me importaba lo
que me pasase. Conocí en una de mis salidas a un grupo de chicos, uno o dos
años mayores que yo. Nada del otro mundo, ellos también decidían alejarse de
las clases y de sus familias. Allí estaba él, mi primer amor supongo.
Nunca antes me había enamorado. ¿Qué más se puede decir? Era
una ‘niña’ —como mis padres decían— muy joven, yo no sabía de relaciones de
ningún tipo. Ellos, el grupo en general no eran malos, lo normal: pellas,
peleas con la familia, pequeñas demandas y cargos policiales por destrozar mobiliario
urbano,… ¡Cargos por el mobiliario urbano! ¡Se refieren en serio a ese jodido
mobiliario que pagamos todos los españoles con nuestros impuestos! Bien, ahora
sé que está mal, pero en aquella época solo veía cosas a mí alrededor que
estaban siendo pagadas por mi familia, una familia con la que evitaba
relacionarme y una familia que evitaba relacionarse conmigo.
Davon era un pringado en pocas palabras. No era ni el jefe
de nada, evitaba meterse en líos. Yo me preguntaba que hacía allí, hasta que
descubría que en realidad era tan callado porque era el que llevaba el tema de
la calle: las drogas. Puede que mi barrio no fuese un lugar en el que eso
abundase, pero el centro de Madrid si lo era. Droga dura. De la que te puede
matar si cometes un simple error. Recuerdo a la perfección que él no tomaba. Le
pregunté el motivo y él solo dijo: ‘Me resulta más divertido ver como la gente
se mata a si mismo que matarme yo con ellos por solamente un par de horas de
alucinaciones’.
Sádico, cruel, loco, callado. Malo. Pensaréis que debí
alejarme, pero en aquel tiempo yo no era una persona que decidiese que era
exactamente lo mejor para mi misma; yo solo buscaba desafiar la ley, el orden
publico, las normas, a mis padres, a la policía,… a todos. No llegué nunca a
pensar de verdad en sus palabras, las que me dijo cuando conocí sobre él y las
drogas. Supongo que le gusté, decía estar enamorado de mí. Quererme. Tantos años
buscando ese amo que nunca llegaba, ese amor que había perdido. Le seguí como
tonta. ¿Qué podía hacer? Ahora sé que muchas cosas, pero en aquel entonces,…
nada.
Me regalaba droga. Toda la que quería. Estaba bien el
momento de subidón que recibí. Él nunca acompañó mi momento de locura, él seguía
con su norma de oro. No recuerdo con certeza que ocurrió desde que empecé a
tomar hasta que entré a vivir a mi nuevo hogar. Tengo vagos recuerdos de él y
yo haciéndolo, si. Sé que perdí mi virginidad con él. También sé que no fue ni
en el lugar, ni en el momento ni con la persona que yo hubiese querido estar —ni
yo, ni ninguna persona—. Las personas cometen errores, y yo cometí los más
gordos de todos. También tengo muy claro que no solo fue con él, sino con los
demás del ‘grupillo’. Varias manos, varias veces, varios lugares, varias
personas.
Era su ‘chica’ y yo le amaba. ¡Le amaba por el amor de Dios!
Y él solo me quería para hacer los intercambios de dinero. Para ganar dinero en
general. Y con eso me refiero a la droga, a la prostitución, a… suficiente
información, lo sé. En fin, en un acto de amor paterno filiar, mis padres
decidieron que para no dar mala imagen a la gente que los rodeaba, me metieron
a un centro especial para gente como yo. Según ellos, esa gente tenía mis ismos
problemas. Yo decidí que lo que ellos buscaban era desentenderse de mi persona
el tiempo justo y suficiente, metiéndome en un lugar —que no me gustaba— para
hacer de mí la hija que siempre quisieron que fuese y nunca fui, ni soy, ni
pretendo ser.
Blanco. Limpio.
Silencioso. Esterilizado. Cerrado. Inexpresivo. Incomunicado. Solitario.
Lagrimas. Natalia.
Esas son las otras diez palabras que siguieron a mis
siguientes años. Desde el primero de febrero del año que debería cursar tercero
de la ESO hasta junio de hace un par de años —el año en que la gente de mi edad
acababa segundo de bachillerato y hacía selectividad—.
Los primeros dos meses de encierro estuve aislada en mi
cuarto con ansiedad. Ansiedad por no poder funar, ni beber, ni drogarme, ni
cortarme. Paredes blancas me rodeaban hora tras hora. Llegué a pensar que todo
era blanco porque era un color demasiado puro para la gente como yo que vivía
en las sombras de la vida. Casi no comía porque prefería morir de hambre a
simplemente seguí viviendo. Mis padres no me visitaban, pensé que de verdad no
les importaba; Lugo me enteré de que no lo hacían porque me tenían prohibidas
las visitas. Tampoco es que quisiera verlos, pero al menos podrían haberse
esforzado un poco por mí.
A mediados de abril del primer año de hospitalización decidí
salir. Los médicos me dejaban usar el ordenador una hora al día con supervisión.
Pensaban que así, no perderíamos el contacto con el exterior. Algunos de mis
compañeros usaban esa hora para el ‘Skype’, hablaban con sus familias a diario.
¿Yo? Usaba mi hora para aburrirme por Internet. Así conocí a Natalia. No os voy
a comentar todo el proceso para conseguir un teléfono con saldo —saldo que era rellenado
religiosamente todos los meses—. La conocí de verdad, bueno, por el problema en
el que me encontraba, no lo hice en persona hasta tiempo después, creo que
fueron 2 años. Fue mi primera visita autorizada. La única persona que decidió
ir a visitarme a la cárcel de los locos como yo la llamaba.
Es gracioso decirlo, pero allí dentro me daban clases como
se dan en un colegio normal. Su objetivo era que en cuanto estuviésemos
rehabilitados, saliésemos a la calle y pudiéramos encontrar un lugar en la
sociedad. Yo a decir verdad, siempre quise estudiar medicina por mi abuelo. Me
lo propuse, pero mi idea solo duro un par de meses, lo justo para que mi nota
bajase y no pudiese optar a esa carrera. No sabía que carrera escoger en
realidad.
A decir verdad, a tan solo medio año de salir de ese lugar,
yo ni siquiera sabia cuanto llevaba o cuanto me quedaba. Saldría cuando viesen
que de verdad estaba rehabilitada y que todos mis pensamientos anteriores a la
llegada al centro, habían desaparecido. A tan solo esos malditos seis meses de salir
de ahí, decidí que debía olvida, seguir estudiando. Amaba la música. Lo cierto
es que en el centro daba clase de música como una asignatura más. A ninguno les
gustaba porque debíamos aprender a tocar algún instrumento. Los médicos nos decían
que así conseguiríamos olvidar. Cambiar nuestros pasados Recuerdo a la perfección
que Natalia, cuando le dije que estaba aprendiendo a tocar la guitarra, me
regaló una preciosa púa blanca. Desde aquel día, siempre viene conmigo a todos
partes. Allá donde yo voy, va ella.
Por fin salí de aquel lugar. Podéis pensar lo que queráis
sobre mí, pero os puedo asegurar que no soy una mentirosa, y por ello no miento
cuando os digo que mis padres no se presentaron a mi salida del centro. Cuando
crucé las puertas solo estaban Natalia y Marco esperándome. En ese momento fui demasiado
feliz. Más de lo que lo había sido en muchísimo tiempo.
Desde ahí hasta ahora solo han pasado dos jodidos años. Dos
jodidos, y grandes años que he compartido junto a mi apoyo. Ambas entramos a la
misma carrera en la universidad, en la misma universidad por supuesto. Y alquilamos
un pequeño apartamento cerca de la facultad. No me arrepiento de lo que hice,
bueno puede que de algunas cosas si. Pero esos enormes, catastróficos y estúpidos
errores que cometí yo sola, me hicieron mostrarme quien de verdad estaba a mi
lado cuando lo necesitaba.
—Hey Alba, ¿estás
bien? —dijo una voz mientras una mano se movía pasando frente mi cara con gesto
tranquilo.
‘¿Estás bien?’ Una frase que tanto me han repetido a lo
largo de mi vida. Una frase que indica que la gente se preocupa por ti. Una frase
que solo la dicen las persona a las que de verdad les importas y que tan solo
había escuchado decir a unas pocas personas en mucho tiempo. Una frase que
siempre tenía una misma respuesta para mí.
—Claro —dije girándome
hacia el chico de cabello castaño, ojos azules y brillante sonrisa que tenía
plasmada en su cara una mueca divertida.
—Buff… menos mal
que reaccionas, llevas media hora metida en tu mundo mirando al reloj de aquella
pared embobada —dijo señalando a la pared que había frente a nosotros.
¡Media hora! Wow, al final resulta que si había calculado
bien el tiempo después de todo.
—Por favor Louis,
lo que ocurre es que tengo la mente muy ajetreada y necesito organizarme para
estos próximos días —dije con una sonrisa radiante en mis labios.
Después de tantos años, aprendes distintos trucos para
disimular todo lo mejor posible y hacer la gente te crea. Ahora, lo único que
me queda, es simplemente guardar toda mi vida en el cajón con cerradura de
hierro que hay en mi mente y todo será perfecto. Lo he hecho otras veces, esta
no es muy distinta.
Bajé la vista y vi una taza de café sobre la mesa al alcance
de mis manos. Estaba frío, pero es bebible.
NARRADOR OMNISCIENTE
Dos jóvenes entregados al amor. Sus labios sobre los de
ella, los de ella sobre los de él en un sincronizado baile.
—Esto no está bien —dijeron
ambos a la vez en el momento en el que se separaban el uno del otro en un gesto
de asco contenido.
Pareció que una descarga de millares de voltios chocó contra
sus cuerpos y los empujo a ambos lejos
del otro.
—Sophia me matará —susurró
él.
—Marco no se debe
enterar —dijo ella.
Y en ese momento, el aire les jugó una mala pasada llevando
las palabras de uno a los oídos del otro. Palabras que dolieron. Palabras que
rompieron sueños, sentimientos e ilusiones.
Se miraron fijamente como si nunca antes se hubiesen visto y
en la mirada de ella y en la de él se leyó el odio, el asco, tristeza y la
envidia. Sentimientos que no estaban dirigidos a la persona que tenían frente a
ellos, sino a la que se suponía que ocupaba sus corazones…
Pero, ¿de verdad esos eran los nombres correctos en los
corazones de ambos? ¿O eran solo los que ambos deseaban que fuesen para así
quitarse de problemas con el mundo?
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
¡Hola! cuánto tiempo hace que no sabíais de mi. Seguro que habéis sido muy felices.
Esta vez no vengo a deciros nada en especial. Solo a rogar perdón por este mes sin escribir. Lo cierto es que he estado estudiando mucho todos los días porque la semana que viene empiezo los exámenes finales de la segunda evaluación... ¡POR CIERTO, RECUPERE FÍSICA Y QUÍMICA! Recuerdo que el fin de semana antes al examen me pasé 51 horas estudiando y solo dormí 5. pero, lo importante es que recuperé. No he hecho gran cosa en este mes. Muchos exámenes, eso sí.
Creía que moriría entre apuntes. Os comento que este jueves es el último día para entregar el escrito del concurso de literatura de mi colegio, ¿creéis sinceramente que debería presentarme? Es decir, me encanta escribir, pero o sé si a la gente le gusta lo que escribo. ¡¡NECESITO VUESTRA OPINIÓN!! VOTAD AQUÍ A LA DERECHA SI DEBERÍA APUNTARME AL CONCURSO O DEBERÍA DEJARLO PASAR. AUNQUE ME LO DIGÁIS POR COMENTARIOS, VOTAR A LA DERECHA, GRACIAS.
La verdad,en escribir un capítulo en condiciones tardo como muchísimo dos horas, pero este me ha costado más porque es un poco más personal, y uno de los más 'fuerte y rebuscados' que vais a ver (de mi parte al menos). Me ha costado 6 HORAS escribirlo porque quería dar todos los detalles posibles y además, haceros sentir dentro de la historia en este momento en el que Alba, en primera persona os cuenta su vida a vosotros.
He escrito el capítulo así, como si os hablase para que lo sintáis de verdad. He hecho lo posible y tiene mucho sentimiento porque en cierto modo 'Alba' tiene un trozo de mi. Algunas cosa que le pasaron a ella, me han pasado a mi. ¡¡NO PENSÉIS QUE TODO!! Pero algunas cosas muy concretas si. Otras simplemente son de su vida.
Decirme que os parece en: COMENTARIOS,
CORREO --> albagc54@hotmail.com
OS ADORO. ¡¡NO OLVIDÉIS VOTAR!!